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Los márgenes de la jungla

Juan Barrero

 Márgenes ofrece online y de forma gratuita dos cortometrajes de Juan Barrero, director de La Jungla Interior: dos bocetos preparatorios para la realización de la película, que nos ayudan a adentrarnos en su mundo.

Juan Barrero concibió su película como una extensión de su vida, y como tal, no tiene un final definido, ni una línea narrativa clara. Se suceden los días, los acontecimientos, las situaciones. Y lo que se crea es una constelación donde cada elemento, cada conversación, tiene la capacidad de iluminar otros ámbitos, distantes, indispensables.

Ficha

Cartel

Reseñas


Mamíferos

Por Santi Fillol

Querido Juan,

Me escribes para que escriba sobre tu salvajada emocional. Tu película es jodida. Y yo no sé por dónde agarrarme para escribir sobre ella. Me fascina, la entiendo, la vuelvo a ver y aprehendo mejor su estructura, sus espejos y sus sótanos escondidos, pero me sigue quitando la mano. Te escribo que me perdones, que estoy trabado, que no sé de verdad y sin retóricas qué escribir sobre un personaje que no quiere tener un hijo…yo ni siquiera me he planteado el dilema, y tu película me coge desprevenido, en falso, preferiría no hacerlo, preferiría ni escribir ni tener que asumir ese dilema. Entonces tú que eres un pesado fabulador me insistes: “escribe desde el desapego, desde la cinefilia o la anticinefilia o lo que sientas”. Estupendo: ahora ni siquiera podré cuajar un texto para salir del paso, uno de análisis más o menos locuaz sobre la jungla y tu mujer y la árida voluntad procreadora de tu personaje. Ahora, encima de no saber qué ni cómo escribirte,  lo habré de hacer de verdad…

Creo que tu película es algo así como un Existencialismo de Mamíferos. Juan no quiere tener hijos, y Gala quiere tener hijos. Decía Hegel que la tragedia se da en una contraposición irresoluble de dos razones antitéticas.  Lo bueno de tu película es que no da razones. Juan jamás dice “porque”. No quiero tener hijos porque quiero realizar mi vocación, porque quiero el tiempo para mí, porque quiero evitar la sobrepoblación del planeta, porque soy misántropo, porque me da náuseas la lactancia… Y Gala jamás dice quiero tener hijos porque me siento incompleta, o porque tengo treintas, o porque nos va a unir más, o porque creo en la perfectibilidad del ser humano, o porque me da igual el egoísmo y necesito algo más real que mis dudas o mis tetas o mis carencias con el ser humano… No dicen nada más que “no quiero tener hijos”, y “quiero tener hijos”. Entonces el dilema se vuelve atávico. El dilema se pone en escena desnudo, se mitifica. Juan tiene terror a lo más básico de ese acto: tiene horror a sostener en las manos una criatura que dependa de él. Gala tiene una necesidad sin épocas ni razones de que su hombre sostenga a esa criatura. Me viene a la cabeza la película más turbadora de este horror, Cabeza Borradora de Lynch. Manifiesto de todos estos horrores, un padre que al sostener a su hijo sostiene una larva pustulenta que se deshace en sus manos. No va de eso que supuestamente nos quitará la llegada de un hijo, sino del horror mismo a dar vida. Como si de repente la paternidad se viese a través del prisma de los expresionistas: un Gólem, un homúnculo. Como si tener hijos dejase de ser un acto de la naturaleza y se volviese un acto de humanos. Un acto con conciencia, uno con malos pensamientos. Un mamífero comenzando a pensar, un existencialismo de mamíferos. Cuando tu película llega allí toca algo bastante profundo… un hueso enterrado. Bergman nos mostró (en una época áspera para el humanismo en Europa) que había películas en las que los padres les decían a sus hijos que jamás les habían amado. Puso esos sentimientos en la escena, puso toda la luz sobre esas emociones abrasivas. Lo hizo en toda su filmografía. Era la contracara del romanticismo de Garrel, que pensaba por esos mismos años que cada película que uno hace es un hijo que no tiene. La voracidad del cine. Su primacía y peaje: usas el cine para mirar ese rechazo, para justificarlo, para ampliarlo. Usas el cine para establecer un vínculo allí donde no había más que rechazo. Y sin embargo, no eres Bergman, ni sus pseudo seguidores. Eres andaluz. Y fabulador. Y esta tragedia intenta un camino para volver a los mamíferos. Para volver de tus diálogos a la Bergman “no quiero hijos, me da horror sostener un bebé entre las manos”, al cariño de los mamíferos. Al calor de juntar los cuerpos. Es una película que clava fuerte sus estacas primitivas: cuerpos vestidos de árbol intentando autoinseminarse, penes eyaculando con dolor y trascendencia, el cuerpo de tu mujer reventando como La Mosca de Cronemberg. Una metamorfosis gore rodada sin idealismos. Filmada como acto de resistencia ante los malos pensamientos, ante lo que no se debería pensar, pero se puede mirar. Y no sé qué buscabas cuando rodabas todo eso, imagino que querías sostener la distancia que sentías y te imponías. Seguir ese proceso del que ya no quedará ni el mismo amor ni los mismos cuerpos. Y entonces mirabas como entomólogo del National Geographic, pero después tuviste que montar, y allí te salió la necesidad de volver, de regresar del existencialismo y los escudos a lo que tenías delante de la cámara.  Algo así como volver al animal que pese a nosotros seguimos teniendo en el cuerpo…creo que tu película tiene y contiene esa vivencia: como cuando uno se deja la mano debajo de la pierna mucho rato, hasta que se duerme, y luego vuelve poco a poco, en contacto con nuestra mano del lado, a sentir el tacto. Diálogos de Bergman, piel de cordero. La conciencia que asoma y la naturaleza que es sorda. La tenacidad de un mamífero frente a las razones de un humanismo del desencanto europeo. Todas estas cosas que no logro escribir con claridad he sentido en tu película. Y sin embargo…

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