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La mirada precisa de Serrano Azcona

Coincidiendo con el estreno en salas de Madrid y Barcelona de El Árbol, opera prima del director Carlos Serrano Azcona, Márgenes ofrece online y de forma gratuita tres cortometrajes del director: De paseoEn casa y En el parque, donde ya se intuye el estilo contemplativo del autor.


Carlos Serrano Azcona

Por David Varela Álvarez

Carlos Serrano Azcona no es un director de culto. Ni siquiera es un director reconocido en su propio país. Tuvo reconocimiento fuera de esta jungla patria, pero le debió de llegar demasiado pronto, según parece. Que se estrene una película como El Árbol cinco años después de haber recorrido los mejores festivales del mundo es el doble síntoma de un pasado en miopía y de un presente con gafas de ver, aunque sólo de cerca (hablamos más bien de gafas graduadas por unos pocos, muy pocos, oculistas cinematográficos que operan en el mercado negro cultural)
 
El caso es que aquí es donde estamos y esto es lo que somos. Una realidad que Carlos nunca ha perdido de vista. Para él, el hombre es el eje de un todo que nos relaciona con aquello que no vemos, pero que podemos sentir a través de un árbol, al abrazarlo, por ejemplo. Un eje dislocado del mundo que le rodea y aprovisiona generosamente. Un canto rodado que golpea ya el asfalto de las calles de Malasaña en Madrid. Todos estamos solos; aunque seguimos siendo todos, un plural que nos reúne en sociedad y nos obliga a aceptarnos juntos. Y creo yo que es de esa dicotomía insalvable de la que nos habla Carlos en todas sus películas. Veo una línea vertebral que traspasa todas ellas y las unifica en una aparente disparidad. En una primera mirada superflua, podrían perfectamente pasar por obras de diferentes autores, pero nadie más que Carlos hubiera podido llegar hasta ellas. Son suyas, le pertenecen inevitablemente, aunque en realidad está hablando de todos nosotros.
 
De los primeros cortometrajes a El Árbol hay un paso lógico y necesario. De la mano trabajó con el otro Carlos, el mexicano Reygadas, y de la mano compusieron sus dos películas iniciáticas. El Árbol y Japón beben tanto entre ellas que alguien debería pararse a analizarlo, ahora que todo se disecciona hasta el asesinato. Dos hombres de camino a la muerte, conscientes y desvencijados, ven brillar la luz del mundo en lo más oculto, y renace el enigma. Este es el hombre sobre el que nos seguirá hablando hasta el día de hoy y venideros. El mismo que escucha a los chamanes en sus fraudes y en su verdad, y aprende a ser crítico y compasivo. El mismo que se planta ante la sociedad y la escruta, la analiza y la escucha, para terminar por echar el vuelo de la mirada a un cielo recién amanecido en la soledad de un país ajeno.
 
No hay nada que hacer con este mundo; está casi todo perdido. Aunque no podemos dejar de intentarlo. Nos va la vida en ello. Carlos se deja la vida en ello. Y su arma es el cine. Un cine que rinde culto a la vida.
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