Entra Registrate

Entra en tu cuenta

Puedes acceder con tu cuenta de:

Nombre de usuario *
Contraseña *
Recuérdame

La (po)ética de la imagen

Mikel Zatarain

Márgenes presenta una breve muestra del realizador vasco Mikel Zatarain. Aunque no estén concebidas como una trilogía, Lanbroa , Aztarnak  y Branka forman un tríptico fundamental sobre la sociedad vasca y sobre la (po)ética de la imagen. The Dream Factory es un poema cinematográfico sobre la muerte.

Estudió dirección de cine en Barcelona y continuó sus estudios en el Master en Documental de Creación IDEC-UPF. Debutó con su primer cortometraje Lanbroa, dentro de La Región Central del Festival Punto de Vista. Asistió al 10º. Berlinale Talent Campus donde compartió experiencias y distintos puntos de vista con otros 250 jóvenes cineastas de todo el mundo, seleccionados entre 4300 candidatos. Memoria Haragian, breve extracto de Aztarnak, gana el primer premio en Pantalla Historia dentro de la exposición Pantalla Global organizado por CCCB y el Museo San Telmo.

Ficha

Cartel

Reseñas


Mikel Zatarain: La (po)ética de la imagen

por Carlos Alvarez-Ossorio

Las etiquetas en el mundo del arte son absurdas. Surgen de una necesidad por controlar la obra de arte, por domesticarla. Son fruto del miedo a lo desconocido, a enfrentarse al vacío de lo inesperado. Para poder venderse y encontrar su hueco, un artista debe posicionarse y escoger su etiqueta, para que, de esta forma, los mercados del arte sepan dónde ubicarle y cómo consumirle. Es una imposición mercantil que obliga al artista a repetirse, a buscar una fórmula y a ser fiel a ella.

Todas estas ideas apriorísticas y controladoras de la obra de arte revientan en pedazos cuando uno se encuentra con la obra de un artista como Mikel Zatarain (Donostia, 1983). ¿Cómo etiquetarlo? Por suerte, su obra se escapa de las etiquetas tópicas (algunas de ellas muy de moda últimamente en el cine de autor) y nos reencuentra con el placer del cine puro (vaya, ya estoy etiquetando). Porque, ¿es cine documental? ¿Cine experimental? ¿Cine paisaje? ¿Cine contemplativo? ¿Cine político? ¿Videoarte?... Su espacio es el de la libertad total, el de la creación de un universo personal lleno de dramaturgia, de tensión, de contenido, de emoción y de reflexión. ¿Qué le falta para ser un blockbuster de acción? Nada. Es puro cine de acción visto “desde otro lugar”, desde una mirada radicalizada, cine de guerrilla realizado con lo que tiene a mano, basándose en la máxima de Theodore Roosevelt que sirve a Mikel de declaración de intenciones: “Haz lo que puedas con lo que tengas, estés donde estés.”

Siguiendo con las etiquetas, a Mikel se le ha acusado tanto de hacer proselitismo etarra como de todo lo contrario. Una mirada limpia y libre siempre crea controversia. Sus piezas parecen incomodar a todos y no dejar indiferente a nadie. Hurga en la herida de forma contundente y nada autocomplaciente. Se posiciona claramente. Pero no a favor de un bando político, sino a favor de la convivencia, de la paz, y en contra de cualquier violencia. ¿Es eso, al final, cine político o cine humanista? De nuevo, las etiquetas no consiguen abarcarlo todo en su justa medida. Su posicionamiento, más que político, es ético.

Aunque no estén concebidas como una trilogía, lo cierto es que Lanbroa (2011), Aztarnak (2012) y Branka (2013) forman un tríptico fundamental sobre la sociedad vasca y sobre la (po)ética de la imagen de Mikel Zatarain. La coherencia del discurso que te conduce de una a otra es brutal. Mientras Lanbroa nos introduce en la poética del autor, Aztarnak nos introduce en la ética. En la primera encontramos la base estética de Zatarain: el paisaje no como fin, sino como medio. Su poética no se basa en la contemplación del paisaje (en un esteticismo vacío), sino en su transformación a través del sonido. El sonido nos transporta a otra realidad, nos expande el significado del paisaje, transforma nuestra percepción del tiempo (juntando el tiempo mitológico, el tiempo geólogico, el pasado, el presente y el futuro). Utiliza el paisaje para hablar de sí mismo y del mundo que le rodea, no por el gusto del paisaje en sí. Como dice el mismo autor: “Mis películas no hablan del paisaje, sino que hablan a través de él. Un paisaje contemplado puede dar más de sí, se puede hacer que hable, que emane historia y sugiera un punto de vista sobre el mundo, sobre la vida.”

La segunda es toda una declaración de intenciones sobre la ética de la imagen, sobre la responsabilidad, no ya sólo del artista, sino del ciudadano y de la sociedad, en general. Toda imagen es no sólo una imagen poética, sino una imagen ideológica y política, porque conforma nuestra sociedad. Nada es aséptico, nada es casual... Aunque se trate de una imagen doméstica, íntima, familiar... Aztarnak establece una conexión escalofriante entre pasado y presente: esa vieja idea de que entender el pasado debería ayudarnos a entender mejor el presente (llegando a comparar el nazismo con ETA, a través del silencio cómplice que es fruto del miedo colectivo).

Cierra esta trilogía Branka, pieza en la que los presupuestos poéticos de Lanbroa y los éticos de Aztarnak se cogen de la mano y son llevados a sus últimas consecuencias, al servicio de un discurso contundentemente comprometido. Branka es compleja, incómoda, fascinante e hipnótica. En un estilo completamente diferente, no puedo dejar de pensar en Pasolini, poeta y activista a partes iguales. La potencia de Branka no está sólo en su valentía y su calidad técnica, sino en lo sugerente de todo lo que pasa en ella. La realidad pasa ante la niebla y ante ventanas cerradas. Como si nadie quisiese ver nada, como si todo el mundo le diese la espalda. Y, al final, lo que queda es ese barco sin rumbo, parado, esperando en la oscuridad, como a la deriva, como alejado de toda realidad... De nuevo, recurro a las palabras del propio autor: “Me centro en esa brecha social que todo el mundo quiere olvidar, demasiado rápido, sin que cada cual haga una autocrítica ni saque una reflexión entorno a lo que ha pasado para que no vuelva a repetirse.” Sin embargo tiende un puente hacia el entendimiento y convivencia de los ciudadanos vascos, a través de un Padre Nuestro recitado en euskara y grabado en el funeral de un amigo.

Esta retrospectiva se completa con un estreno absoluto: The Dream Factory (2015). Esta pieza surge como una propuesta del productor Martin Pawley dentro del Proxecto Nimbos (proyecto del colectivo gallego Acto de Primavera con motivo del día de las Letras Galegas dedicado al poeta Xosé María Díaz Castro). Pero este encargo va creciendo orgánicamente en manos de Mikel, hasta salirse de los condicionamientos del proyecto original, y conservando finalmente tan sólo un verso de Díaz Castro, parafraseado y traducido al castellano, como cierre de la pieza. Una pieza que va evolucionando en su creación, como un juego, como un collage, rompiendo, en muchos sentidos, con las piezas anteriores de Mikel. Aquí se permite probar nuevos caminos más cercanos al videoarte, sin acomodarse a un estilo ya encontrado y que sabe que le funciona. Lo que sí mantiene intacta esta pieza respecto a las anteriores es su capacidad para descolocar al espectador, su carácter hipnótico, su mirada radical y su compromiso ético hacia la historia.

The Dream Factory es un poema cinematográfico sobre la muerte. O, más bien, sobre la representación de la muerte y el horror en la imagen fílmica. La pregunta que surge es: ¿cómo representar lo irrepresentable? ¿Cómo representar la muerte, el horror? ¿Podemos hacerlo? ¿Debemos hacerlo? ¿Hasta qué punto hay cosas que pueden mostrarse, que pueden representarse? ¿Dónde se hallan, pues, los límites de la representación? De nuevo, ética y poética dialogan entre sí. A partir de la imagen de una fábrica (y de la primera película de la historia del cine que, no en vano, son obreros saliendo de una fábrica, de esa fábrica de sueños en la que acabará convirtiéndose el cine), Zatarain establece una conexión entre un elemento cotidiano de nuestro entorno y un hecho violento de nuestra historia reciente: el atentado de las Torres Gemelas. Y lo hace como si cualquier acto de violencia y muerte en el mundo no nos fuese lejano, como si todos estuviésemos conectados. Nos conecta esa muerte, precisamente, porque somos mortales. Hasta los edificios, que no son seres vivos, que son más eternos que nosotros, están sujetos a esa muerte. La muerte es parte inherente de la obra de Mikel Zatarain, pero es también la propia esencia del cine que, como hijo de la fotografía, se construye sobre la negación de la muerte, al capturar el instante en un intento por volverlo eterno. ¿Pero no es acaso ésa la esencia, no ya sólo del cine, sino de todo el arte? Enfrentarnos a nuestra finitud e intentar proyectarnos más allá de nuestra muerte. Pero esta pieza también nos muestra cómo, ante la muerte y el horror, nuestro imaginario nos remite, paradójicamente, a la imagen cinematográfica. Estamos tan inundados por el cine y el audiovisual, que todo lo que vivimos lo procesamos a partir de ese universo simbólico de imágenes. Como dice una de las voces que está viviendo en directo el 11S: “Parece que estoy en una película”.

“Con el tiempo me doy cuenta de que me interesa retratar las heridas históricas, los cambios sociales a través de una mirada poética, limpia y libre. La representación del mundo, de sus brechas y sus límites, los límites de la representación de lo real. Hasta dónde podemos mostrar. La ética, una vez más." (Mikel Zatarain)


 


Carlos Alvarez-Ossorio es director teatral y cinematográfico. Ha dirigido numerosos montajes teatrales, con los que ha obtenido un Premio Max, un Premio de la ADE (Asociación de Directores de Escena) y un Telón Chivas, entre otros, con compañías como el Centro Andaluz de Teatro (CAT), la Convención Teatral Europea o el Festival de Teatro Clásico de Mérida, además de con su propia compañía Cámara Negra. En el terreno cinematográfico, ha dirigido diversas piezas, además del largometraje Fragmentos de Brand. www.camaranegra.org

 

¿Quieres recibir las últimas novedades de Márgenes?