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Zoom

León Siminiani | España | 2005 | 3 min 3 s

50 aparentes segundos de silencio, calma y vacío...pero sólo aparentes. León Siminiani consolida la idea, iniciada en la serie “Conceptos clave del mundo moderno”, del autor como reorganizador de la realidad (sobre todo la audiovisual) en “Zoom” (trabajo que retomará tres años después para realizar “Límites: 1ª persona”). En esta ocasión la manipula para hacer una declaración de amor.

Ficha

Cartel
  • Dirección: León Siminiani
  • Guión: León Siminiani
  • Edición: León Siminiani
  • Fotografía: León Siminiani
  • Intérpretes: Ainhoa Ramírez, Luis Callejo (voz)
  • País: España
  • Año: 2005
  • Duración: 3 min 3 s

Festivales y premios


Nominada a mejor película Notodofilmfest 05

Reseñas


El díptico de Ainhoa

Zoom / Límites, 1ª persona

Por Marla Jacarilla

Públicado en Contrapicado.net el 21-12-2012


A partir de las imágenes registradas en un viaje a Marruecos, León Siminiani realiza este díptico de cortometrajes que, mediante el uso del metalenguaje y la voz en off, narra una historia que a continuación deconstruye paso a paso, de modo conciso y detallado. El autor es en este caso un reorganizador de la realidad que confronta las imágenes con el sonido y las somete a un análisis metacinematográfico para que de este modo acaben hablando de ellas mismas (y al mismo tiempo nos cuenten una historia de (des)amor). Dunas, camellos, una pequeña caravana y una madrileña vestida de blanco. Con tan sólo estos cuatro elementos Siminiani pone en pie un frágil y precario castillo de naipes especular que luego derrumba con satisfacción al soplar con fuerza. Y todo esto para que nosotros, como espectadores, lleguemos a ser conscientes de ese gran artificio que supone el cine.
Zoom es del año 2005 y Límites, 1ª persona del 2009. Tres años de distancia en los que pueden haber pasado muchas cosas, en los que pueden haber terminado muchas relaciones. Sin embargo, ambos cortometrajes utilizan el mismo punto de partida, las mismas imágenes. Las dunas, los camellos, la caravana y la madrileña vestida de blanco. Es la voz en off del narrador la que nos sitúa en un punto de partida, la que nos guía a través de la historia, la que nos confiesa en un arranque de sinceridad durante la segunda mitad de Límites, 1ª persona, que todas esas imágenes no son más que una mentira. Mejor dicho: que su omnipotencia como creador y manipulador todopoderoso las ha convertido en una mentira para poder engañarnos a nosotros como espectadores, y sobre todo para poder engañarse a sí mismo. En esta segunda parte el director retoma los planos utilizados en un principio y nos explica la trampa, el truco, la historia que hay delante y la historia que hay detrás. Nos indica, cual eficiente ilusionista, cómo hay que atravesar la caja con los sables para que nuestra asistente no se muera en directo con el consecuente revuelo del público. Para empezar, quita el sonido de fondo, es demasiado amateur y no aporta nada. Pon también algo de música incidental, un piano impresionista puede quedar bien. Escribe una teoría pseudoanalítica sobre el cine y el amor y haz que alguien de bonita voz la lea. Añade ralentizados, parte la pantalla, juega con los zooms y deja de contar una historia cualquiera para empezar a contar tu propia historia; es decir: la historia que quieres que los demás se crean. Es así como puedes, mezclando sentido del humor y amargura a partes iguales, conseguir que el espectador reflexione sobre la vida, el amor, y el fin de la utopía cinematográfica.

Siminiani presupone a un espectador inteligente que conoce los códigos cinematográficos y está acostumbrado a ellos. Pero claro; cuando uno se acostumbra a algo cabe el riesgo de caer en la inercia, la rutina, la monotonía y el adormecimiento neuronal. Es por eso que el director prefiere (no sólo en estas dos obras, sino en todo su trabajo en general) diseccionar dichos códigos y subvertirlos estableciendo un diálogo continuo con el espectador. Un discurso plagado de guiños, referentes y anotaciones al margen (Godard, Pasolini, Baudrillard, el modelo de representación institucional, Queen, Willie Colon, las teorías del montaje… ), una mise en abyme que nos hace oscilar continuamente entre la realidad y la ficción, entre la autenticidad y el artificio.

Al ver este díptico por vez primera hace unos años, me vino a la cabeza el último plano de Asalto y robo a un tren (The Great Train Robbery, Edwin S. Porter, 1903). En esta imagen el ladrón protagonista de la historia mira a los espectadores, los apunta con una pistola y dispara provocando un enorme boquete en la cuarta pared. Justo como hace Siminiani con sus cortometrajes. El sentido metaficcional de una obra se activa mediante diversos mecanismos que pueden estar centrados en el autor, en los personajes, en el espectador o en el propio proceso de creación de la misma. Siminiani utiliza todos estos dispositivos conjugándolos con gran soltura y versatilidad, porque sabe que el espectador ha visto ya mucho cine y que a día de hoy el interés radica en el proceso más que en el resultado, en el cómo más que en el qué.
 

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