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La jungla interior

Juan Barrero / España / 2013 / 70 min


Hace falta un machete bien afilado para adentrarse en los frondosos y a veces traicioneros terrenos de La jungla interior. Hablamos de la selva impenetrable, el mundo cerrado y misterioso que es una pareja, y la inevitable llamada de la naturaleza que aquí se refleja por doble partida: la de las expediciones científicas de él, y la de la crisis de pareja desatada por el reloj biológico. Obra hipnótica y reflexiva producida por Luis Miñarro (productor de, entre otros, Guerin o Serra, y Palma de Oro con Weerasethakul).

Ficha

Cartel
  • Dirección: Juan Barrero
  • Guión: Juan Barrero
  • Edición: Cristóbal Fernández
  • Fotografía: Juan Barrero, Daniel Belza
  • Música: Arvo Pärt, Gustav Mahler, Uri Caine, J.S Bach
  • Sonido: Joaquín Pachón
  • Intérpretes: Gala Pérez, Enriqueta White, Luz Barrero
  • Director de producción: Luis Miñarro (Eddie Saeta), Juan Barrero (Labyrint Films)
  • País: España
  • Año: 2013
  • Duración: 70 min
  • Estreno en Márgenes: Sábado, 26 Abril 2014

La dirige...


JUAN BARRERO
Su infancia transcurre en Mairena del Aljarafe, rodeado de olivos. Estudia Cine, Filosofía y Teatro en la Universidad de Sevilla y la University of Sussex, y tiene un Master en Documental de Creación por la Univ. Pompeu Fabra de Barcelona. Su primer corto fue 1939 (2003), seleccionado por numerosos festivales y ganador de varios premios internacionales. Trabajó como creativo en el ámbito de la publicidad, como profesor de guión en la EICTV de San Antonio de los Baños (Cuba) y, más tarde, como realizador de National Geographic. La observación continuada de la Naturaleza, a raíz de sus expediciones por Centroamérica y el Pacífico, transformó para siempre su manera de estar detrás de la cámara, y es el germen de su primer largometraje: La Jungla Interior.

Más información en www.labyrint.es

Festivales y premios


Festivales
Viennale  2013 (Austria) – Selección Oficial
Festival de Cine Europeo de Sevilla 2013 – Sección Competitiva Nuevas Olas
Festival International du Film de Belfort 2013 - Competición internacional
FilmForum Zadar 2013 (Croacia) – Sección Oficial
Cineuropa 2013
XX Festival L’Alternativa  2013 – Sección Panorama
First Look New York 2014 (EE.UU.) - Selección Oficial
Pune International Film Festival 2014 (India) - Selección Global Cinema
Ibaff  Festival Internacional de Cine de Murcia 2014 – Sección Oficial
XXIV Festival de Cine Español de Nantes 2014 (Francia) – Sección Competitiva Opera Prima

Premios
XI Festival de Cine Europeo de Sevilla – Premio Nuevas Olas

Reseñas


Entorno a La jungla interior

Por Elías Siminiani

La jungla interior ofrece una extraña simetría: es la vez centrípeta y centrífuga. Por un lado es una película volcada hacia el exterior, concretamente hacia su protagonista, Gala, que presta su rostro, su cuerpo e intimidad para que Juan lo filme a quemarropa. Y, en efecto, así filma Juan a Gala. A tumba abierta: gráfico, cruel, hiriente y herido. Y en la operación la película se desdobla, volcándose a su vez hacia el interior de Juan para construir la crónica de un resentimiento anunciado. Me he preguntado muchas veces qué clase de pacto de vida entre “el hombre que filma" y “la mujer filmada" pudo haber detrás de esta película. En realidad es algo que vengo preguntándome hace muchos años. Es la primera pregunta que me viene a la mente cada vez que veo las películas en que Rossellini filmó a Ingrid Bergman, Cassavettes a Gena Rowlands o Kazuo Hara a Miyuki Takeda, supurando amor y odio: vida. Porque para mí La Jungla interior es, sobre todo, eso, una película brutalmente viva. Termina la proyección y salgo a la calle turbado, asombrado, proyectando…y solo me sale decir: Gala, Juan, ¡Gracias!


La distancia de la mirada

Por Javier H. Estrada

En apenas 70 minutos y desde un tono marcadamente íntimo, La jungla interior condensa una odisea existencial de enormes dimensiones. Juan Barrero emprende en su ópera prima un recorrido introspectivo, el viaje por los diferentes territorios físicos y mentales de un joven creador (un pasado cálido, un presente de connotaciones míticas y un futuro incierto) que, en lugar de existir en armonía, mantienen una tormentosa lucha entre sí. Estructurada en dos partes claramente delimitadas y cotidianas –ambas precedidas de una introducción rodada en un espacio lejano y salvaje–, la película se enmarca en el relato autobiográfico. En esencia, La jungla interior podría interpretarse como una respuesta cinematográfica al género literario Bildungsroman (novela de aprendizaje) o, más concretamente, al subgénero Künstlerroman (novela de artista). La arquitectura de este tipo de obras seguía tres pasos indispensables: las enseñanzas de la juventud, la peregrinación y el perfeccionamiento. A su manera, Barrero sigue una ruta similar, alterando las etapas, haciendo del viaje un fantasma omnipresente y sustituyendo las lecciones morales por una desnudez absoluta, metafórica y literal. La primera parte nos lleva hasta el pueblo de su infancia, la casa de su “tita”, una mujer a contracorriente que desafió los cánones sociales durante la dictadura. El director examina junto a Gala, su pareja, fotografías y otros vestigios cubiertos por el polvo. Ambos indagan en un pasado que es a la vez anecdótico (resumido en la revelación de que “la nieta de Franco vendía exclusivas”), emocional (la vieja grabación de Juan junto a su tita) y, como cualquier tiempo que no hemos vivido, legendario. El realizador-protagonista se adentra en las entrañas de la casa en busca de lo desconocido. Su carácter queda entonces al descubierto: ante todo es un aventurero, de ahí que desaparezca lámpara en mano por un pasadizo oscuro. Gala no puede seguirle. Se trata de una mujer descomunalmente expresiva, tanto como una actriz de cine mudo. La primera vez que la vemos está interpretando con su violín la pieza “Fratres” del compositor estonio Arvo Pärt. Cuando Juan le reprocha su obsesión por tener hijos, el gesto de Gala se tuerce, toca el instrumento con violencia. La cuestión genera, efectivamente, una sólida barrera entre ellos. El cineasta tiene otras motivaciones, que espera saciar cuando se desplaza hasta una isla del Pacífico para seguir el rastro de un asombroso descubrimiento de Darwin: la orquídea que subsistía por la inseminación de un mosquito. Juan quisiera vivir como Werner Herzog, viajando hasta tierras olvidadas, filmando imágenes inéditas. Dejar que esa clase de locura que sólo desarrolla el creador en el éxtasis de la inspiración se adueñe poco a poco de su existencia. Pero si en la genial La Soufrière (1977) el director alemán capturaba un volcán a punto de rugir, en La jungla interior la erupción se encuentra exclusivamente dentro de Juan. La segunda parte comienza ya en la jungla literal, mirando cara a cara a un cocodrilo. Cuando llega la noticia de que Gala está embarazada, ese paisaje inabarcable e indómito queda relegado a un plano circunstancial. La travesía se vuelve agónicamente silenciosa y reflexiva. Juan intenta ubicarse en un futuro para el que no cree estar preparado desde el paraíso soñado que está cerca de perder. Acabada la aventura, el cineasta regresa a casa, donde le espera una mujer resplandeciente pero que experimenta un irreversible proceso de cambio. En ese momento el film se confirma como un estudio sobre la distancia. Como si estuviese embrujado por el título de una de las grandes obras de Nagisa Ôshima, The Man Who Left His Will on Film (1970), Juan recorre al milímetro el cuerpo de Gala, intentando reconocer su nuevo estado mediante una aproximación desesperada. Al igual que en el inicio, la cámara observa en primera persona, es su ojo, pero ahora se trata de un ojo torpe, al borde de la ceguera. Juan no acepta lo que tiene delante, por eso transforma su herramienta de visión en un mecanismo de defensa: aplicando un objetivo microscópico, desfigurando a Gala. Durante su período de aprendizaje, el director se construye a sí mismo como un villano cuyos planos, extremadamente cerrados, destilan crueldad. En La jungla interior lo exótico resulta cercano y lo cotidiano totalmente incomprensible. Ningún arte es capaz de transmitir esta paradoja como el cine. Sabemos que Juan comienza a adaptarse al nuevo panorama cuando sus encuadres opresivos atrapan al fin imágenes con sentido, como la de su particular “origen del mundo”, tan realista o más que el pintado por Gustave Courbet. Para encontrar el “yo” es necesario tomar el prisma adecuado: ni tan cercano como para desfigurarse, ni tan lejano como para perderse en el camino. De ahí el recurso de la voz en off en danés, único elemento que rompe la mirada subjetiva del film. Ignoramos hasta qué punto la situación que vemos es real o no. Poco importa. Lo esencial es que resulta extremadamente identificable y sincera. Finalmente, Juan Barrero (el padre primerizo y el cineasta) aborda un dilema del que irremediablemente todos somos partícipes: seguir sobrevolando la jungla o mirar de una vez a la realidad desde la distancia justa.

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